LETRAS CON ARTE

Mariano Moreno Casquete (España)      Título: Hospital

         Cuando despertó no reconoció el lugar. Recordaba vagamente un sueño de ríos sucios y monstruos anfibios. La gente chapoteaba entre las aguas contaminadas. También aparecía una casa con infinitas estancias, contenidas unas en otras como muñecas rusas. En el sueño, un artefacto misterioso en forma de obús llegaba a sus manos. ¡Dios! pero es que la realidad era peor: en absoluto reconocía las paredes blancas, ni las luces, ni las voces, ni mucho menos el olor a desinfectante y ácido que invadía la habitación. Sintió el picotazo de una inyección y perdió el sentido.
         Un rostro fantasmal, una bata de médico, un gotero, una bandeja de pastillas se abrían paso junto al dolor y a la paulatina comprensión.
         «Ha tenido suerte mi General, podría haber sido mucho peor»
         Dos meses después, el General abandonó la habitación número once. Pero algo había cambiado en él.
         Todas las noches soñaba. Normal, salvo por la certeza de que no eran sus propios sueños, de que una y mil imágenes le llegaban a través de otros y siempre en el mismo lugar que sí conocía.
         Así que, en medio de una interminable noche en vela plagada de sobresaltados despertares, decidió encaminarse al hospital.
         La puerta de urgencias se abrió como una monstruosa boca de neón. Le sorprendió no ver a nadie. Al fondo del corredor, una puerta abierta: el quirófano.
         En la mesa, un bulto con forma cilíndrica yacía tapado por la sábana. Despacio, retiró la ropa.
         Un objeto metálico en forma de obús atrajo sus manos irremisiblemente. Lo tocó; al punto, las imágenes de miles de sueños confluyeron hasta transportarle a un paisaje salvaje. El río sucio del sueño fluía sordo y próximo, siguió su curso.
         Descubrió a un hombre que parecía dormir a la sombra de un sauce. Dudó al reconocerlo, pues aquél hombre dormido no era otro que él mismo.
         Estudió su rostro tranquilo, la respiración acompasada. Se detuvo en los párpados cerrados de su doble. Entonces el dormido abrió los ojos, o quizá, fue él quien los cerró.
         Porque aquellos ojos le estaban soñando.
         Después del atentado, nunca salió del quirófano si no para acabar en la unidad de cuidados intensivos, donde permanecía en coma.
         Y el sauce, y el río, y el dolor, y el mismo sueño no eran más que un reflejo de aquellos ojos dormidos: de los ojos del otro.