LETRAS CON ARTE

José Luis Chaparro González      Título: El tatuaje

         Sin saber por qué, mis pesadillas regresaron en cuanto apareció Georg. Aquel viejo misterioso que mantuvo su aislamiento voluntario durante meses, hasta que un día se sintió mal y permaneció en la cama. Ya por la tarde, una de las enfermeras me pidió que lo vigilara durante unos minutos y acepté. Cuando me disponía a tomar asiento en el sillón, al acomodar el cojín, hallé una pequeña funda de plástico trasparente que contenía una fotografía antigua. En ella se veía a Georg con cincuenta años menos. En el dorso figuraba una anotación escrita a mano. Era un nombre: «Alois Brunner». Recordaba ese nombre. Lo había investigado sin resultado durante muchos años.
         Sabía que Alois Brunner adquirió fama por su falta de compasión y llegó a convertirse en el máximo colaborador de Adolf Eichmann, ideólogo de la «solución final», que era el plan para llevar a cabo el Holocausto. Sentía especial predilección por los niños judíos a los que consideraba «futuros terroristas» y como tales, debían ser eliminados. Durante un tiempo se hizo pasar por doctor en Damasco, hasta que se le perdió la pista. Se sospechaba que seguía vivo, oculto en algún lugar del mundo.
         Miré de nuevo la imagen difuminada por la funda de plástico y se me heló la sangre. Devolví la fotografía a su lugar y esperé impaciente que llegara la enfermera.
         Cuando desperté en mitad de la noche durante la pesadilla de siempre, entré en la habitación de Brunner a hurtadillas. Lo encontré dormido boca arriba. Me acerqué al sillón sin hacer ruido, tomé el cojín y guardé la fotografía en mi bolsillo.
         Alois Brunner tenía los brazos flexionados y aquellas manos asesinas sobre su pecho. Coloqué el cojín encima de su rostro y apreté con todas mis fuerzas. Forcejeó golpeando mis brazos intentando zafarse, pero no lo logró y sus fuerzas fueron disminuyendo hasta que por fin, sus propios brazos se desplomaron y dejó de moverse.
         Ordené la ropa de la cama y devolví el cojín a su lugar. Coloqué a Alois en la misma posición en la que lo encontré y deslicé la palma de mi mano para cerrarle los ojos.
         Todo sucedió en unos pocos minutos. Adecenté mi ropa, y antes de salir miré atrás para contemplar por última vez la cara de Alois Brunner. El monstruo que participó en la grabación de aquellos terribles números en mi antebrazo izquierdo.