LETRAS CON ARTE

Raquel Silva Merchán      Título: El sonido del miedo

         El miedo se apoderó de mi cuerpo una vez más al ver aquel “número oculto” reflejado en la pantalla de mi teléfono móvil.
         Una voz en mi interior me decía que no debía descontrolar, pero mi mano fue más rápida. Me llevé el teléfono al oído para escuchar la amenaza que venía persiguiéndome día tras día desde hacía un año.
         —Si te encontramos por la calle, te matamos. Después silencio.
         Las lágrimas brotaban de mis ojos y un temblor incontrolable se hacía dueño de mi cuerpo. No podía respirar.
         Sabía quiénes eran. Un solo error: dejar al chico que no amas, con el que empezaste a salir únicamente por encajar y no ser siempre la mojigata, y entrar en el infierno. Llevaba años en él, sorteando las llamas, pero en estos momentos estaba quemándome viva.
         A la mañana siguiente me desperté para ir a clase. La excusa de hallarme enferma ya la había utilizado muchas veces. Tuve que resignarme, coger la mochila y caminar hacia el instituto lo más rápido posible, con la guardia en alto, temerosa de ser atacada.
         Sana y salva. Así me sentí al llegar al instituto con la certeza de que allí no podrían atraparme, que los profesores no lo permitirían. Pobre de mí.
         Ocurrió cuando finalizó matemáticas, en el aula más alejada. Mis compañeros habían salido y yo me quedé rezagada, recogiendo mis cosas.
         Al salir alguien me acorraló contra la pared, navaja en mano apuntando a mi cuello. Podía ver el emblema de “El toro” en su muñeca.
         Le sostuve la mirada. No le daría el gusto de verme asustada, de rogarle que me dejara ir. Aún no sé si fue un acto de valentía o una estupidez, pero mientras las amenazas salían de su boca a punta de navaja, mi mirada le retaba a hacerlo: mátame si quieres, no me importa morir.
         Tras unos instantes interminables, se fue, dejándome aterrada. Busqué a una amiga que me acompañó a hablar con mi tutora. Sus palabras: “Si vuelve a ocurrir dímelo”. ¿De verdad tenía que volver a ocurrir para actuar? Me sentí sola y con más miedo aún.
         Con el tiempo, dejé de contestar las llamadas, hui de la ciudad y traté de olvidar. Sin embargo, el miedo, catorce años después sigue presente.
         Las vivencias marcan nuestras vidas para siempre. Fragüé una máscara para aparentar seguridad ante lo que realmente era, una niña asustada.