LETRAS CON ARTE

Gonzalo Cabello de los Cobos Narváez      Título: Las Conchas

         Aquel verano la orgánica era la misma de siempre. Mi madre, mi hermana y yo viajábamos a Galicia en tren, mientras que mi padre llevaba el coche en soledad hasta la isla. Sospecho que era uno de sus mayores placeres estivales.
         Para mí el trayecto en coche-cama era siempre una aventura. Aprovechaba el sueño de mi familia para deambular de madrugada por el pasillo, hablar con cualquiera o simplemente aplastar mi nariz contra el cristal mientras observaba pasar las luces de los pueblos al rítmico y familiar compás (chaca, chaca, chá) de las vías.
         Cuando llegamos la humedad ya lo había impregnado todo. El pelo de mi madre y mi hermana atestiguaban el impacto de un largo invierno en climas más secos.
         Mi padre nos recogió sonriente en la estación. Su tradicional polo de Lacoste azul de verano era la prueba irrefutable de largas horas de humo y Frank Sinatra. Estaba de muy buen humor.
         Cuando llegué a nuestra casita, frente a la ría, tardé exactamente un minuto en lanzar mi maleta contra la pared de mi cuarto, ponerme el traje de baño y salir disparado en bici a casa de mi amigo Borja. Sus padres estaban tan atareados como los míos, y como no queríamos estorbar nos escabullimos rápidamente para reunirnos con la pandilla en “las conchas”.
         Subimos la cuesta del panadero, la que daba directamente con el pantalán y allí vimos a Jaime, Ramón y Ángel esperándonos sonrientes con sus bicis. Los abrazos y saludos se extendieron unos minutos. Después seguimos por la cuesta de las poteras y llegamos al parque. Aparcamos (más bien arrojamos) nuestras bicis de cualquier manera y comenzamos a andar.
         “Las conchas” era el parque en el que teníamos, por así decirlo, nuestra base de operaciones. Debía su nombre a la Iglesia que presidía los jardines. Era una construcción bastante antigua cuya fachada estaba totalmente recubierta por vieiras muy blancas.
         Todos los días, aunque no hubieses hablado con nadie, sabías que si a las cinco de la tarde ibas a “las conchas” te encontrarías con todos. Era nuestro mundo, nuestro paisaje.
         Pero ese día ese mundo ya no existía. La Iglesia había sido totalmente demolida. Mi corazón se desgarró por primera vez y curiosamente no fue por nadie, sino por algo. Un algo tan fuerte que aún hoy sigo estremeciéndome ante su visión.
         Cómo echo de menos aquella iglesia de mi infancia…