LETRAS CON ARTE

Vicente Gómez Quiles      Título: Vivencias no vividas


   Siempre quise ser grande, bondadoso y vital, como mi padre. Alcanzar plausibles metas, como cuentan por ahí; en referencia a las preservadas hazañas de mi hermano: Enrique.
   Aunque, me da en la nariz, que no daré mucha guerra a la Historia. Sin llegar a sabio, tampoco soy un completo ignorante. Más, con mucha fuerza de voluntad. No sé, no sabría decir qué me pasa, últimamente. Creo, estar debilitándome por momentos. Mis allegados, aseguran que debe tratarse de una digestión pesada o algún mal de amores. Tuve que irme a descansar para no flaquear ante los demás. Dejarme desplomar sobre aquella comprimida celdilla futurista que de confortable, solo tenía la apariencia. Henchida de espectrales diodos cesibles, ahuecada a la supuesta pared alargada y blanca.
   De repente, todo se distorsionó alrededor. Noté como si el borroso lecho quisiera escupirme, arrancarme de sus puntales virtuales. Creí levitar, boca abajo. Junto al resto de los insólitos objetos que paulatinamente se deformaban conmigo. Encogiéndose al unísono. Alejándome. Originando desiguales órbitas e itinerarios desconcertantes; pululando fugaces como raudos péndulos luminosos, dispares y extraños, entrecruzados. Desde un lado a otro, subía y otras bajaba sin saber hacia dónde. En la letanía, oía a mis amigos. Escuché sus lamentos, deseos, turbadoras inquietudes y contrariedades. Seguramente, debí ser zarandeado sobre sus cabezas; desperdigado por la nítida cripta que pandeaba inusual, claustrofóbica hasta encerrarme en no sé qué extraña capsula acristalada. Aislada, de cuanto conocía.
   Desde punzantes lanzas, provenientes de una lejana vidriera. Empujaban, punzaban mis fluctuantes masas fluidas que también debían formar parte del mismo cuerpo. Siempre a ras de unos gigantescos y oblicuos párpados. De escrupulosa observación. Estaba jodidamente expuesto. A merced, del frágil destino incontrolable y a la vez, demasiado controlado. Tal vez por eso, decidí fingir. Ser quien no era. Rehacerme desde dentro. En lo profundo de mi ser. Resucitar del río exangüe con ambos dolores que dolían y no dolían como afluentes convergentes. Imaginando, cómo pudo haber sido ésta vida, siendo verdaderamente libre. Pues, mis fantasías se vinieron definitivamente abajo; cuando resonó en el cielo aquella sonora frase, retornando en incómodos ecos: «La cobaya BH-320, ha sido infectada. Debemos sacrificarla».