LETRAS CON ARTE

Pedro Martí García       Título: Un día de fiesta

         Amanezco gritando de pánico al ver cómo el portero de mi nueva casa me corta la cabeza con un cuchillo de carnicero. Afortunadamente se trata de un mal sueño. Me dormí viendo una película gore donde salía un descuartizador idéntico a él. Aparecía en una escena troceando a machetazos los cadáveres que se amontonaban en un sótano con las paredes embadurnadas de sangre y vísceras. Me impactó el contraste entre su cara de buena persona y la indiferencia con que partía los cuerpos. Parecía un aburrido funcionario sellando ristras de documentos. Plas, plas, plas…En cuanto lo vea le pregunto.
         ─¿Eres el descuartizador de la película que pusieron anoche en televisión?
         La cara del portero se ilumina y empieza a contar lo bien que lo pasó, las dificultades del papel, la relación con los compañeros de rodaje y lo mucho que había cambiado su vida la experiencia. El discurso está perfectamente estructurado, se nota que lo ha repetido muchas veces, probablemente a todo el que quiso oírlo.
         ─¡Mira!─ Dice mientras me enseña una foto del descuartizador.
         Indudablemente es él.
         Comenta que en su casa tiene una pequeña exposición con recuerdos de la película, incluso ha hecho una recreación de su escena. Pienso que es un friki, pero me inspira confianza y curiosidad.
         ─¿Puedo verlo?
         La casa del portero se encuentra en el sótano del edificio. Bajamos una escalera larga y estrecha, precariamente iluminada por una bombilla suelta que no deja de parpadear y emitir un estridente sonido eléctrico. Con cada intermitencia surgen las paredes de cemento visto cubiertas de humedades. En uno de los fogonazos parece que el portero me mira de forma extraña, pero lo achaco a mi imaginación. Llegamos a una puerta metálica que chirría al abrirse y muestra un escenario igual que el de la película. El olor es nauseabundo e infinidad de moscas alzan su negro vuelo. Antes de poder gritar recibo un golpe en la cabeza y pierdo el conocimiento.
         Despierto aterrorizado al sentir una estaca de madera clavada al suelo que entra por mi estómago, sale partiéndome la clavícula y penetra en el techo. He debido sufrir una intervención quirúrgica porque no sangro ni siento dolor. Mis párpados y mis labios están cosidos y tengo amputadas las manos. Ciego, intento adivinar su presencia por el sonido entorpecido por mi llanto cuando una afilada espada corta limpiamente mi oreja confirmando que el portero sigue aquí.