LETRAS CON ARTE

Pedro Martí García      Título: El día de mi muerte

         Sé cuándo y cómo morirá una persona sólo con verla. Este poder adivinatorio viene y se va con absoluta independencia de mi voluntad. A veces permanece un instante, lo justo para que la muerte del que tengo delante aparezca ante mis ojos. Otras mantengo la capacidad de predecir durante meses. Entonces permanezco escondido del mundo para no ver la agonía que tendrán aquellos con quienes me cruce. En una ocasión, las visiones me dejaron en paz durante años y hubiese disfrutado de una vida normal si no hubiera mantenido el recuerdo del momento de la desaparición de mis seres queridos. Aunque lo olvidé, estoy seguro de que mientras mamaba del pecho de mi madre, sabía todos los detalles de su fallecimiento. De hecho, mis primeros recuerdos son los de las muertes de mis padres y abuelos mucho antes de que ocurrieran. Siempre tuve que vivir con ello. A los cinco años comprobé la veracidad de mis certidumbres con el suicidio de un tío mio. Todo ocurrió como ya sabía. Desde entonces cientos de muertes corroboraron lo infalible de mis premoniciones.
         Lo peor es que es imposible evitar las cosas. ¡Qué dolor! Nadie mejor que yo lo sabe. He intentado todo para postergar la defunción de propios y extraños, pero por mucho que lo deseé y luché por ello, no cambié un ápice su destino.
         Algunos quieren que les cuente su final y otros no. Yo les complazco en lo que me piden, aunque a mi no me dieron esa oportunidad. Siempre supe que moriría hoy, dentro de treinta y tres minutos, atropellado por el autobús 652 al saltarse un semáforo en rojo. Quedaré tumbado sobre la calzada, con el traje blanco que llevo puesto lleno de sangre y el cráneo destrozado contra el asfalto.
         Salgo de casa. Parece que estoy recordando un sueño. Todo coincide con mi visión: huele a césped mojado, el agua del aspersor empapa mi pantalón y una chica rubia pasa en una bicicleta roja. Llega mi hora. El autobús se dirige hacia el punto de encuentro. Necesito acabar con esta vida de sufrimiento y cruzo decidido la calle esperando el final. Sorprendentemente, alcanzo la otra acera sin contratiempos. Miro alrededor y veo el autobús acercándose a toda velocidad. Lo observo atentamente, como si estuviera hipnotizado, y poco antes de que llegue a mi altura, avanzo hacia él interponiéndome en su trayectoria sin darle opción a frenar.