LETRAS CON ARTE

Pilar Hernán       Título: Cruces y penas compartidas

         Aquel verano que ya plegaba su poderío ante el inminente otoño, puso la vida de Josefa patas arriba. Dijeron los doctores que la suerte de su esposo estaba echada, que había que esperar a ver como evolucionaba ese cáncer que iba mordiéndole por dentro. Ella emprendió batallas libradas en nombre del enfermo para que, si había alguien allí arriba moviendo los hilos del futuro de los mortales, inclinara la balanza a favor suyo.
         Josefa siendo atea quiso peregrinar a Santiago de Compostela. Iba a ser duro no poder estar junto a su esposo, pero tenía que jugar todas sus cartas para lograr amarrarlo a su lado. Preparó su mochila y emprendió el camino.
         Apenas llevaba una semana de viaje cuando llego a tierras riojanas “Cuna de Reyes y del Castellano”. Sus ojos se llenaron de viñedos preñados de frutos casi dispuestos para la vendimia. Mermadas sus fuerzas descansó en una piedra del polvoriento camino. El sol brillando alto, la tierra acariciando sus pies doloridos y los pajarillos con sus trinos le pedían que no se rindiera. Desprendiose de su amargura, llevó a sus labios un racimo de esas uvas que resucitaban a los muertos y partió al encuentro del Santo que hizo cantar al gallo después de asado. Quizás también a su esposo pudiera rescatarlo de las garras de la muerte que quería llevárselo. Repartió rezos y promesas por todas las iglesias y ermitas navarras, riojanas, castellanas, gallegas... fue también hospedera en los albergues ayudando a preparar cenas, curando las heridas de los pies de los fatigados peregrinos. Prestaba consuelo a quienes aliviaban el peso de sus almas desahogándose con ella, haciéndole participe de su pesadumbre, porque las penas compartidas son menos dolorosas y solo tienes que sacar tu cruz a la calle para ver otras mayores. Fue llenando su equipaje de experiencias y amigos inolvidables.
         Llegando a Santiago, mil gotas cayendo del cielo como desgarradoras lágrimas mezclábanse con las suyas. La Plaza del Obradoiro era un hervidero de gente esperando visitar la catedral y besar al Santo.
         Los rostros de los peregrinos reflejaban el cansancio acumulado durante el camino, pero llevaban grabada la satisfacción de haber alcanzado su meta.
         Su experiencia había merecido la pena. Sintió que ella misma había renacido a otra vida donde la generosidad se anteponía al egoísmo y a la necesidad de posesiones terrenas. Ignorando como encontraría a su amado esposo, emprendió el regreso a casa.