LETRAS CON ARTE

Inés Mena Lucía      Título: Sucede en los ojos

         Sucedió en verano. Marché sin saber lo que buscaba ni tener muy claro lo que podía ofrecer. La vida me puso en bandeja esta oportunidad y me aferré a ella como quien corre en la estación cuando cae la noche y el último tren pasa por tu parada. Esta vez subí al vagón, sin planes ni expectativas, repleta de un sentimiento de soledad y de vacío. Lloré en aquel andén, lleno de polvo y de vida. Cogí mi mochila y grité: “aquí estoy y no sé qué he venido a hacer”.
         Mi amiga me esperaba en la otra orilla, que me resulto sencilla cruzar. Ella había insistido en que viniera a visitarla, a conocer su realidad. Me recibió con los brazos abiertos, con esa media sonrisa tan característica que le provoca un hoyuelo en su mejilla izquierda, con esos ojos azules que me han acompañado a lo largo de la vida.
         Comimos. Ella llevaba chaqueta y yo me desnudaba cada vez más. Me sentía prisionera de aquello que portaba, deseaba dejarlo todo atrás. Me condujo hacia su lugar de trabajo y de vida, hacia su proyecto personal que ahora formaba parte de toda la sociedad. Me vi rodeada de personas desconocidas, acercando sus manos a mi cuerpo y penetrando sus pupilas en el blanco de mis ojos. Había polvo y había vida. De un momento a otro, sin apenas darme cuenta, mi amiga me puso a trabajar: no había tiempo para ceremonias de protocolo, el engranaje funciona si todos lo hacemos girar. Vi sus caras, sentí sus manos, observé sus juegos, sus costumbres, su manera de actuar. Me empapé con sus relatos y reflexioné sobre la vida que nos habíamos inventado al otro lado del mundo, sobre el engaño único y verdadero que condiciona nuestra existencia sin cuestionarnos nada. Crecí, confié y encontré, sin saber lo que buscaba.
         Pasó el tiempo y, por tanto, me quedé sin él. Me tocó regresar a ese sitio al que en teoría llamaba hogar. Ella me miró a los ojos, me cogió las manos. Ambas, sin palabras, supimos que estábamos solas en un mundo rodeadas de personas. Ella tenía cinco años, yo pasaba los treinta y seis. Nos miramos a los ojos, nos hablamos. Descolgué del hombro mi mochila, un avión sobrevoló nuestro abrazo lento y pausado. Sucedió en verano: ella me libró de mis fantasmas, yo procuraré que los suyos no regresen jamás.