LETRAS CON ARTE

María Jesús Marín Candón      Título: Mi abuela y un señor alemán

         Hacía ya varios años que el señor alemán que roba la memoria a los mayores merodeaba por casa de la abuela. Ella se dejaba engatusar por sus zalamerías dejando que a veces se llevara algún dato, pero se resistía a entregarle sus recuerdos. Sin embargo, supe que le estaba ganando la partida el día en que empezó a repetir, como si de un mantra se tratara, la frase «yo también he sido joven, ¿sabes?». La decía constantemente, sin darse cuenta y sin salir del interior de sus pensamientos.
         Una tarde de noviembre, la abuela, dijo su frase y continuó hablando sin más interlocutor que ella misma. Yo escuchaba detrás de la puerta.
         —Yo también he sido joven, ¿sabes? Y, además, fui muy adelantada para mi tiempo. Me enfrenté a mi padre al ponerme una falda por la rodilla, y a mi madre, pintándome los labios de rojo como las llamadas mujeres alegres. No quise construir mi vida en torno a un hombre, quise tener mi propio trabajo —suspiró—. Y todo ello me dio muchas satisfacciones personales, pese a que me creó algunos problemas sociales. Conocí a Manuel en la empresa donde trabajaba y consentí que me rondara. Me dejé llevar y me casé con él. Tengo que agradecerle dos cosas, que me diera una familia tan bonita como la que tengo y, sobre todo, que me dejara ser libre en un tiempo en el que era tan difícil para una mujer. Lo quise mucho, sí.
         Estaba pensando en entrar para comprobar que estaba bien, cuando siguió hablando.
         —¡Cuánto echo de menos a Fernando! ¿Tú sabes quién es Fernando? No, seguro que no, porque toda mi vida he guardado ese secreto. Ahora ya no tiene sentido. Fernando está tan muerto como lo voy a estar yo pronto. Te lo voy a contar. Ya estaba yo casada con Manuel cuando llegó Fernando. Así, sin avisar. Y me agitó por dentro. Me enseñó lo que era la pasión. A mis cuarenta años volví a ser adolescente, con las hormonas revolucionadas a todas horas. Deseando encontrarme con él y comérmelo entero, ji ji ji. Me dio vida; tanta vida, que aún lo recuerdo y se me pone la piel de gallina…
         No dijo nada más. Se quedó en la butaca mirando al infinito con signos de rubor en las mejillas y una sonrisa en los labios. Nunca más me conoció.