LETRAS CON ARTE

Alberto Arecchi (Italia)      Título: La bruja pelirroja

         Los hombres jóvenes sentían una emoción, cuando evocaban la bruja terrible del bosque, una criatura con irresistible encanto, pero con cascos de cabra en lugar de los pies. Su pelo, rojo como el fuego, caía sobre sus hombros blancos. ¡Ay de ser seducido! Los que sucumbieran a sus gracias la siguieran encantados y no volvieran nunca más.
         Una noche, un joven llegó a una casa aislada, para pedir ayuda. Estaba aterrorizado.
         "Cené en la casa de un amigo. Decidí volver a casa y empecé a cruzar el bosque. De repente, me enteré que todos los ruidos habían cesado. Una voz tenue llamaba mi nombre. Una mujer me pedía ayuda, bella y seductora, vestida con un velo blanco brillante. Vi el pelo rojo como llama que bajaba hasta cubrir sus caderas. Se agarró a la rama de un árbol y extendió su mano derecha hacia mí, como una invitación. Se parecía a mi novia que había muerto el invierno pasado de una fuerte meningitis. Debía ser la bruja terrible. No sabía qué hacer. Me arreglé para sujetar el cuchillo. El rostro de la mujer se convirtió en una máscara espantosa, distorsionada por la rabia. Entonces, vi sus pies: eran cascos negros, bifurcados, como los de una cabra, cubiertos por el pelo que bajaba de los tobillos.
         Intentó agarrarme, pero me tiré al suelo y planté mi cuchillo. Ella gritó de dolor, como si la hubiera herido. Sentía su aliento horrible, como el silbido de las víboras. Me suplicaba, me prometía el poder, la juventud eterna, cofres de oro y plata, pero nada me interesaba, sino guardar mi vida. Después de lo que pareció una eternidad, me di cuenta de que no podía más sentir su respiración. Salí del bosque y pedí ayuda".
         Después de esa noche, el chico se cerró en el silencio y no quería salir de casa. Lo torturaba el recuerdo de su novia. El joven se consumía, parecía separado del mundo de los vivos, irremediablemente "poseído". Una mañana, lo encontraron inmóvil, abrazado a un árbol, al lado de la tumba de la niña desaparecida. Una expresión serena, en el rostro atormentado, indicaba que había encontrado, por fin, la paz. Tenía en la mano un largo mechón de pelo rojo. Alguien dijo que había, todo en torno, las huellas de una zarabanda de pezuñas de cabra.