LETRAS CON ARTE

Samuel Cavero Galimidi      Título: Sobrevivientes

         Hago amistad con Abba Goudiaby, senegalés. Apenas me escucha. Él ha viajado mucho acompañado de Amina Syla. No me quieren decir quién los ha ayudado en el mar del Alborán y en centro de salvamento de Almería. Han llegado en un vuelo fletado desde Madrid como refugiados. No se han podido quedar en España. Brasil, después de muchos trámites, por fin los ha acogido. Pero deberemos seguir viajando. Parecen un tronco seco quemado por el fuego y que todavía se mantienen en pie.
         En mi pecho de (barco encallado, mástil roto) el recuerdo golpetea un tambor batiente. Y nuestro espíritu, de esperanza y sueños inefables, hace sonar los tambores (con sueños de amor y paz) que invocan a nuestros ancestros. Cuando me hablan siento que su desolada queja es el rugido de los mares, no es más el viento que sopla las flautas de los bambúes africanos. Acaso será, también, porque un silencio de veinticinco mil cadáveres que -cual travesaños de Madera de Ébano- flotan el Congo-Océano.
         Abba me cuenta residía en Sarandí. “Estuve casado con Zenagu”, me dice con un temblor en sus labios.. Alarga sus brazos, tan largos como los esquejes de la buganvilla, brazos tan negros, como los míos.
         Abba miró el hermoso cielo nocturno y, agradecido por hallarse con vida, en Brasil, lloriqueó. ¡Había sobrevivido y llegado desde tan lejos! Sus enrojecidos ojos se empañaron de lágrimas. Su desgracia se tejía en mí cual hilo de Ariadna como el Alaká africano. Entonces aquello me recordó a: ¡Écue-Yamba-Ó!, de Alejo Carpentier. Le hablé de esta tierra próspera como La Tierra Prometida. Le hablé de Pará, Pernambuco, Rio Grande del Sur, Bahía, Rio de Janeiro, y de São Paulo, cada una con su gran cultura negra y su maravillosa gente en este grandioso país. Le hablé de Jesús Rivanilda, mi esposa brasileña, y de su hermana Clarice, tejedoras del terreiro de Candomblé Ilê Axé Opô Afonjá, allá en Salvador, Bahía. “¡Ellas nos esperan!”, les dije. Y no dejé de abrazarlo escuchando su temblorosa voz gimiente, quebrada de Abba Goudiaby, pensando yo en aquella embarcación a punto de zozobrar en la mar: “¡El mar…el mar embravecido… en la noche se tragó a todos los sobrevivientes de la patera, entre ellos iba mi mujer… y mis dos pequeñas hijas!”.