LETRAS CON ARTE

Isabel Rodríguez Moreno      Título: Los Niños del Ermitaño

         La mansión abandonada quedaba en una colina a las afueras del pueblo en que vivíamos, el cual era pequeño. Con casas de madera jardines floridos y plazas con durazno en flor. Es lo opuesto a las grandes ciudades del país, todos se conocían y se ayudaban. No se necesitaban carabineros para poner orden, porque no había nada que hacer al respecto. Si se llegase a necesitar, se recurría al pueblo vecino que un poco más grande y habrían destinado recursos para que llegaran carabineros.
         Había un solo problema en el pueblo. La famosa casona en la que se cree vive un ermitaño. También cuenta la leyenda que en antaño se robaba a niños para hacerlos trabajar. La gente de mi pueblo era tranquila, pero desde que desapareció un niño, empezaron a buscar y no lo encontraron.
         Aquella noche, con varios muchachos nos organizamos. Estábamos seguros, el niño estaba donde el ermitaño.
         La colina quedaba lejos. Viajamos lo más ligero posible. Nuestras mochilas llevaban agua, comida y una muda de ropa. Solo eso necesitábamos.
         Partimos un domingo bien temprano para no despertar al pueblo, ya que igualmente se preocupaban por todos.
         La subida era pesada, pero las mujeres no necesitaron ayuda ya que estaban acostumbradas al terreno, incluso con lluvia. Se nos hizo de noche cuando llevábamos la mitad del camino. Tiramos nuestras mochilas en el suelo, intercambiamos comida y nos dormimos de inmediato.
         Llegamos a la casa abandonada. Las ventanas estaban cerradas con postigos, pero la puerta estaba abierta. Entramos, la chimenea estaba encendida pero no se sentía que hubiera nadie. Nos separamos con un poco de temor ya que el ermitaño debería andar por allí. Con cautela entramos en cada habitación, para nuestra sorpresa todo estaba limpio y muy ordenado.
         Nos encontramos con una niña barriendo la terraza y sacudiendo las ventanas. ¿Quién era ella?
         Le hicimos muchas preguntas, pero no nos contestó. A lo mejor es sorda. Cuando le preguntamos que, si había más niños, movió la cabeza en forma de afirmación. Nos mostró el camino y la seguimos hasta un salón grande donde había muchos niños y no precisamente trabajando, estaban jugando y comiendo golosinas. Nos miramos unos a otros y no entendimos nada.
         De repente apareció un anciano muy amable. Nos dijo “allí está el niño que buscan”. Los otros niños son adoptados. Llegaron una noche y les di todo lo que tengo.