LETRAS CON ARTE

Úrsula M. A.      Título: La maldición del bosque

         No era una tarde para pasear. El buen tiempo que precedió parecía el cebo perfecto para estropear un día al aire libre. Sin embargo, eso no borró las sonrisas de Nacho y Ramón. Ambos regresaban a casa, orgullosos por las setas comestibles que traían.
         —No entiendo cómo tienes más setas que yo —comentó Nacho.
         —Eso te pasa si no buscas con paciencia —explicó Ramón.
         Molesto por lo que escuchó, le arrebató su bolsa y la arrojó con todas sus fuerzas. Sin quererlo, llegó a caer a un bosque sombrío. Era sabido que si alguien entraba en ese lugar, corría peligro.
         —Este sitio da mala espina, pero tenemos que entrar para recuperar la bolsa.
         — ¿Qué dices? Tú tienes la culpa de que haya parado ahí. No pienso entrar.
         Nacho miró inquisitivamente a Ramón.
         —Entonces serás un cobarde por el resto de tu vida.
         Indignado, Ramón se adentró en el bosque en compañía de su amigo. El suelo era de color ceniza; la vegetación, negra como el ébano.
         Todo estaba tranquilo. Sin embargo, cuando vieron las hendiduras de un árbol formando una calavera, se asustaron tanto que varios cuervos echaron a volar.
         Luego de una breve caminata, encontraron la bolsa colgando de una rama. Nacho, que era más alto, la alcanzó de puntillas. Sonrieron por el éxito, pero les interrumpió una criatura de garras afiladas y dentadura prominente. Posaba sobre sus cuatro patas, exhalaba ferozmente por el hocico y, donde debían hallarse sus ojos, simplemente se apreciaban sus cuencas.
         Aunque echaron a correr, la bestia les perseguía sin mostrar cansancio. Ramón no podía correr bien, debido a que se rompió uno de sus zapatos. Enseguida Nacho los cambió por los suyos.
         — ¡Corre! Ya te alcanzaré.
         Se atrevió a plantar cara al monstruo con su puñal. Su mano, algo temblorosa, agarraba el arma con firmeza.
         Mientras tanto, Ramón huía sin detenerse hasta oír un grito de horror que le dejó la piel de gallina. La causa de la muerte de Nacho no fue la maldición del bosque, sino su mezcla de valentía e imprudencia.
         Ramón no olvidaría eso jamás.