LETRAS CON ARTE

Laura Santestevan Bellomo (Uruguay)      Título: Mi historia a la luz de una fogata

         Jamás hubiera imaginado que la mejor parte de mí misma terminara así, y menos, ser yo misma la artífice de ese sacrilegio.
         Desde niña viví interiormente mucho. Pasé por arduos procesos para entenderme un poco. Fui terca. Jamás cedí.
         Con nadie podía dialogar. Los grandes me veían niña, luego adolescente. Lo era, pero mi vida interior requería otros parámetros, libertad, horizontes.
         Las maestras, profesoras, pedagogas, médicas, psicoterapeutas y otras chamulleras por el estilo, clientas de la peluquería de mamá, le sugirieron consejos y derivaciones. Claro que ninguna podía ir más allá de sus propios límites mentales.
         Mamá era buenísima, pero la asustaban mis preguntas, mi miedo al fin del mundo, mis enfermedades graves cuyos tratamientos padecí pero cuyos diagnósticos inciertos jamás se confirmaban.
         Mis “Diarios” eran mis aliados. Buscaba respuestas en la vida, escuela, liceo, en los periódicos de papá, las novelas de mis tías paternas, unas “traumadas” según el clan materno, horrorizadas de que me prestaran libros donde había personas que comían barro, y asegurándome que los uruguayos caídos en los Andes sobrevivieron “a tecitos descubiertos bajo la nieve”. Su más alto nivel eran las “Selecciones” del Readers Digest, que también pasaban por mis manos, aburriéndome.
         Mamá sabía que yo llevaba un Diario. Lo escudriñaba. Pensaba que estaba loca. Me llevaba a profesionales inútiles que solo a ellos les servía, porque cobraban sus honorarios.
         Dejé de ser virgen. Mi madre en mi ausencia, buscó y revisó el Diario. Dedujo mis planes macabros y encontró un blister de píldoras anticonceptivas. Tenía novio formal, pero lo que siguió fue una persecución inquisitorial a puro llanto pelado de mamá.
         Mi Diario no me daba lo que buscaba. Me atascaba en mis propios conflictos, no encontrando respuestas filosóficas adecuadas. Mi Diario, mi Salvador, también fue una carga, siempre en lucha con el brazo autoritario de mi madre y sus intimidatorios sermones.
         Un día entendí que mis Diarios deberían ser sacrificados.
         Aparecí una noche en mi casa de la playa con una valija, y quemé uno a uno, cuarenta cuadernos enteros.
         Ay, mi Dios, el miedo que pasé de no poder contener las llamaradas de fuego, o de que me descubrieran y más aun me vieran rara y me juzgaran.
         ¡Pero pasados los años, cuánto dolor por todo ese material perdido, toda mi niñez y mi adolescencia escritas, todos mis sueños buenos y malos, ay, eso sí que es una pérdida irreparable y tremenda…!