LETRAS CON ARTE

Caridad Bernal Pérez      Título: Una escritora que no escribe

         Si no fuera porque no es la primera vez que entro en este estado de desidia, estaría aterrada. Con una novela sin publicar, unos lectores que no me leen, y en definitiva, convertida en una escritora que no escribe. Pues hay que ser francos, eso es lo que soy desde hace tiempo…
         En anteriores ocasiones pude salir del bache en cosa de un par de meses, consiguiendo reírme de mis antiguos temores. Esos que amenazan cuando no tienes una historia en la que ocupar tus días, unos personajes que te hablen por doquier, o una trama que te despierta en plena madrugada porque finalmente has encontrado la manera de que todo encaje en un final que nadie espera.
         Esos otros momentos de pánico fueron descansos mentales, más bien. Lo suficientemente largos como para volver a recuperar mi casa, ya que lo de ordenar los armarios o limpiar el frigorífico es lo último que se te pasa por la cabeza en plena ebullición de ideas. Por esa misma razón mi madre hace años que no visita mi piso, ¡ni falta que le hace!
         Pero nunca antes esos parones en mi carrera llegaron a inquietarme como lo estoy ahora. Hay un regusto agrio en la garganta que lleva un par de noches sin dejarme dormir, y dar vueltas en una cama que solo huele a mí, tampoco debe ser lo más recomendable en estos casos.
         Incluso me ha dado tiempo para volver a ver viejas amistades, esas que ya no me llamaban porque estaban hartos de que siempre les diera excusas bastante malas para no salir con ellos. Y en lugar de preguntar por novios o por hijos, pasan directamente al:
         —¿Ahora que estás escribiendo?
         —Nada —. Ser insultantemente sincera es lo que mejor se me da en estos momentos. Abofetear con las palabras al que tengo al lado, intentando descargar así la rabia que llevo en mi interior con una sacudida eléctrica de mala educación. Para mí su interés es falso, forzado. Nunca les ha importado mucho lo que he escrito, no han leído ni una sola de las novelas que he publicado, así que ahora tampoco les debe importar mi pequeña crisis.
         ¿Pequeña? Bueno, es un decir…
         Lo reconozco, me he convertido en alguien imposible de tratar. Cada día que pasa sin apuntar si quiera un par de frases en mi libreta, consiguen sacar lo peor que hay en mí. Me he vuelto irascible, un ser tóxico, casi maquiavélico. Cada vez que anuncian una nueva publicación por las redes, un autor que se consagra gracias a su último título, me dan ganas de escupir a la pantalla.
         —¡Cerdos! ¡Putas! —. Y a pesar de poder insultarles con cien mil adjetivos aprendidos, no hay nada mejor que una buena palabrota a tiempo.
         Sin embargo, después de un rato riéndome a solas frente al espejo, vuelve esa sensación de bajón. De no estar haciendo lo correcto. Como fumar con los pies descalzos en pleno invierno. Nada de lo que hago está bien últimamente…
         ¿A quién pretendo engañar? Ellos no tienen la culpa de mi falta de ideas. Yo fui como ellos hace tiempo, y no lo supe aprovechar como es debido. Cuando eran todo entrevistas, fotos, reseñas y buenas críticas. ¿Dónde está ahora esa pluma prodigiosa? Ni siquiera me reconozco al leer mis antiguos borradores, ninguno me gusta lo suficiente. No tienen nada de lo que busco, ese algo que me anime a seguir escribiendo páginas y páginas. Que me haga pasar las horas del día en un suspiro, que me haga reducir al mínimo necesario las horas de sueño para seguir siendo persona al día siguiente.
         Aunque ahora, ni eso parece importarme. Ya nadie me reconoce por la calle. Antes me pesaba de vez en cuando, me maquillaba. Vamos, que me miraba al espejo antes de salir a la calle. Ahora, ni lo intento. Odio a esa mujer que vive conmigo, que dice que soy yo en todas las contraportadas de mis libros. ¿Pero acaso tú entiendes algo de lo que te estoy contando? Solo has conocido el éxito y la fama. Nada de lo que estoy contando te suena, ¡perra!
         Llaman a la puerta, ¡por fin ha llegado la cena! Me ha dado tiempo a escribir todo esto desde que hice el pedido, y luego dirán que su servicio a domicilio es rápido…
         ***
         El chico de Glovo reconoció a la famosa escritora de casualidad. La semana pasada había hecho mudanza con su chica, y precisamente una caja con sus libros había caído bajo sus pies. Aquel rostro enigmático aparecía en varias de esas novelas rosas, las mismas que su novia se había empeñado en llevar a la casa que iban a compartir a pesar de haberle dicho por activa y por pasiva que apenas había sitio para un par de muebles.
         —Perdone, usted no será… —. Se aventuró a decir el pobre muchacho, una vez entregada la bolsa con la cena. Quizás, con un poco de suerte, hasta le firmaba un autógrafo en una servilleta. — Mi novia está como loca esperando a que saque algo nuevo, tiene todos sus libros…
         La artista apretó los labios y esbozó lo que quiso parecer una sonrisa. Y después de pensárselo durante un par de segundos, aceptó su tímida petición, llevándoselo al interior de la casa.
         —Aquí no tengo un bolígrafo a mano, si no te importa acompañarme… —. El chico siguió a la mujer titubeante por el pasillo. Aquella situación era un poco violenta para él. La escritora le había abierto su casa en camisón, descalza. Y por el aspecto de su pelo, estaba a punto de ducharse.
         Nada en ella hacía imaginar que, después de abrir aquel cajón, se girase hacia él echa una furia para clavarle un cuchillo en la garganta. Ahora yace en el suelo de aquel tercer piso, desangrándose. Mientras la mujer que le acaba de quitar la vida decide qué hacer con él, tumbada tranquilamente en su cama.
         —Quizás ya es hora de pasarse a la novela negra —. Piensa la asesina mientras se enciende otro cigarrillo, percatándose entonces de aquella gota de sangre en el camisón —. ¡Mierda! Con lo que me gustaba…