LETRAS CON ARTE

Grisel Gómez-Cano      Título: Sin titulo


   Despertando de un sueño comatoso, con un frío abrumador, percibí mi cuerpo confinado entre una serie de objetos. Balanceándose en frente mío, sobre una piedra flotante, un radio miniatura de baterías transmitía las noticias del día. Un dolor insoportable de cabeza y un hilito tibio serpenteando por mi mejilla eran señal de que estaba herido, pero no podía mover los miembros. Aclarecía, y en la lejanía, los pomposos gallos de Vargas anunciaban un nuevo día. Pestañeé repetidas veces, y, por fin, pude enfocarme en el turquesa del mar al que diariamente observaba desde el balcón del apartamento del piso 23 donde vivía. ¡Qué alivio recordar quién era! Pasaron por mi mente imágenes entrecortadas del reciente cumpleaños del compadre Chucho: el exquisito aroma del perejil en salsa untado sobre el lomito asado, lo que me hizo sentir un hambre atroz; y nuestras voces desafinadas, cantando al ritmo del cuatro. Sentí un excruciante dolor por todo el cuerpo y quise descansar, cerrar los ojos para siempre, pero un grito desgarrador y acuciante me sacudió. “¿Qué le sucede?” balbuceé, forzando la cabeza hacia la dirección del sonido. Enseguida me percaté de la alucinación que estábamos viviendo. “Salgan a votar por la Constituyente, pueblo,” vociferaba el Presidente por la estación. Recordé los torrenciales que por días habían azotado los pueblos costeros, causando inundaciones y obstrucciones de tráfico, y del funesto día, cuando encerrados en nuestro apartamento sin luz, agua o víveres, las paredes comenzaron a cuartearse, y al desmoronarse, un oleaje de sedimento invadió nuestra sala. Rosario, mi esposa, aterrorizada, aglomeró a nuestros hijos, pero antes de que alcanzáramos la entrada, el piso se derrumbó, y un lodazal aún más cuantioso, desprendido de la cresta montañosa, y a alta velocidad, arrasó con gente, mascotas y muebles, lanzándonos con ira hacia una sopa viscosa de lodo, piedras, objetos y cuerpos al pie de la montaña. Mi deslice por el declive telúrico fue tan acelerado que sólo recuerdo cuando choqué con un puntiagudo peñasco que, probablemente, al detenerme, me salvó la vida. “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella,” decía el Presidente por la radio al enterarse del deslave, pero nadie venía a auxiliarnos. Y allí, inerte, agonizante, por cinco días estuve sepultado hasta el cuello en los escombros pantanosos, hasta que mi hijo primogénito me rescató. Miles no tuvieron la misma suerte, y se los tragó la ciénaga, mientras el Presidente contaba sus votos.
   Vargas, 15 de diciembre de 1999