LETRAS CON ARTE

Juan Jose Villamil Espinosa      Título: Ónix

         Aquel verano fue inolvidable por muchas cosas que inevitablemente marcan la vida de un niño de seis años: las sorpresas, los colores del camino, el proceso de aprender, los giros de la realidad, confusa y sorprendente, que muchas veces es solamente una puerta hacia el reino de la fantasía.
         Acababa de cumplir seis años y mis padres me dieron el regalo que alegra a cualquier infante. Ónix era un perro labrador cachorro que desde el primer momento fue mi mejor amigo. Recorríamos juntos las calles de nuestra ciudad, los parques y senderos, las veredas y troncales manchadas por el tiempo, cobijados por la complicidad y la camaradería de los exploradores curtidos, los grandes visionarios que obsequian descubrimientos increíbles a la historia.
         En las vacaciones de verano, cuando el sol quema y la gente se refugia dentro de sus casas, viajé con mis progenitores a la población de Fuenlabrada. Ónix fue quien más disfrutó de ese paseo, corría por los laberintos construidos por los árboles, se zambullía jubiloso en las quebradas y describía círculos jugando con la arena. Era algo muy hermoso verlo correr tras los pájaros, observarlo escarbar muy cerca a los trigales, con la esperanza terca de capturar algún escarabajo, mirarlo correr en desventaja contra el viento embriagado por el deseo de vivir.
         Una mañana excluí a mi compañero de la que sería la aventura que determinaría el comienzo de mi temprana madurez. Ante nuestra casa, extraño y desafiante, se extendía el bosque, viejo y provocador, invitando al niño a descubrirlo, murmurando palabras en un idioma incomprensible que lanzaba el guante al desafío. Caminé por el sendero que se abría ante mí, receloso al principio, seguro y confiado después. Avanzaba cantando, con una cauchera en el bolsillo trasero de mi pantalón, saltando y contemplando los insectos, izquierda y derecha siempre adelante, subyugado por la belleza del momento.
         Descubrí de pronto que no sabía dónde estaba. Cada recodo parecía ser el mismo recodo. Las ramas de los árboles eran brazos de gigante, la luz se alejaba ante la inminencia de la noche, los grillos musitaban sus tonadas, el niño solo, indefenso ante la vastedad del universo, sollozó desconsolado comprendiendo que no tenía a donde ir. Caminaba en círculos, los círculos eran un baile en zigzag, el zigzag me acercaba constantemente al mismo lado. Hacía mucho frío y mi llanto se desbocó.
         Pasaron algunos minutos, tal vez algunas horas y escuché pisadas en la maleza, el ruido de ramas quebradas. Lo miré desde el terror y la inconciencia, era un hombre muy pequeño, un enano gordo, su rostro con barbita, los ojos luminosos. Se quitó ceremoniosamente el gorro rojo y me arrojó una manzana.
         —No debes temer, muy pronto él vendrá- fue su saludo y despedida.
         Transcurrían los segundos y minutos, mis temores danzaban en fila india, un hueco olvidado por los árboles me mostraba el infinito azul del cielo tachonado por las estrellas titilantes, el llanto y los jadeos me recordaban que jamás saldría de allí. Otra vez el sonido de ramas rotas, una ventisca, la extraña luz blanco azulada y una mujer rubia, hermosa, con el candor que da la adolescencia, tiró cerca de mí un chocolate, me evaluó con mirada comprensiva y murmuró saludando y despidiéndose:
         —No debes temer, él vendrá por ti.
         Me invadió el sueño, los escalofríos de la muerte, la desesperación que te confunde, los recuerdos de mi madre y de mi padre, la traición a ónix a quien no incluí en mi expedición. Crujieron las ramas, un jabalí huyó buscando la ruta a alguna parte, un anciano con el viejo jersey raído por los años, me observó inexpresivo y cabizbajo, arrojó a mis pies una moneda y musitó simplemente:
         —No debes temer, él vendrá por ti.
         Llegaron el sueño y el olvido, el desamparo del infante, la soledad, el peor de los castigos, la resignación y el aroma perdido de la casa. Apreté mis manos, los jadeos fueron amortiguados por el canto de los grillos, el cielo se pintó de pronto muy oscuro, era el anuncio de colores luminosos, la promesa de la mañana, los días claros, la ilusión del buen amor. Crujieron las ramas, alguien valiente se acercaba, un amigo, un explorador aventajado, un guerrero enseñando su valor. Vi a ónix en la frontera que separa el sueño y la vigilia, persistente, separando ramas enojado, su búsqueda culminaba, iba a llevarme hasta mi hogar.