LETRAS CON ARTE

Javier Canito      Título: La poda

         Desde la ventana, Marga observaba de pie como su esposo, John, podaba el limonero de la finca con aquella escabrosa motosierra que tanto miedo le provocaba. Venía amenazándole desde hacía un par de años que, si no le cortaba las ramas, sería imposible recoger todo el fruto en la siguiente cosecha.
         Con melancolía, Marga se centró en la bufanda que dejó a medias, y en cómo cada vez le había costado más centrar la vista mientras la tejía, llegándose a arrepentir, de no haber acudido a la cita que tenía con el oftalmólogo. «Si lo hubiese hecho, quizás ya hubiese estado terminada», pensó. Pero el camino de varias horas hasta la ciudad le fatigaba demasiado. De nuevo miró hacia el exterior. Se preguntaba cuanto le quedaría a su esposo para que preparase ese chocolate caliente con el que todas las tardes le obsequiaba, cuando una mariposa de alas amarillas se posó en una de las azaleas y llamó su atención. Admirada por su belleza, se olvidó de John. Con la mirada hizo un recorrido por toda la estancia. Unas tazas con los posos del último chocolate que se había tomado junto a su esposo el día anterior, reposaban aún en el interior de un fregadero de porcelana, junto a una única cena sin tocar sobre la encimera. Aquello la entristeció y negó con la cabeza. En el rincón, un limón cortado por la mitad sobre un plato que iba a usar para hornear un bizcocho, le recordó el trabajo que realizaba John en el exterior dirigiendo la vista hacia fuera. Su esposo cortaba las pequeñas ramas de la parte superior subido en una escalera. «Ya queda poco», pensó mientras se imaginaba saboreando la taza de chocolate. Un frío pareció recorrerle las piernas. Miró hacia la chimenea y comprobó que no estaba prendida. «Además de la loza, también se ha olvidado de encenderla al levantarse esta mañana», se dijo sin tener que despegar los labios. Alicaída, prosiguió observando a su marido.
         Con las lágrimas cayendo por sus mejillas, John seguía cortando las ramas de aquel endiablado limonero que tantas broncas le había costado con su querida esposa. Al recordar la última discusión, una rabia interior se apoderó de él. Puso los dientes de la maquina sobre el grueso tronco y subió la intensidad de la motosierra. Quería destrozarlo, arrancarle la vida, no deseaba ver más aquel árbol en su jardín. Por un momento quiso cumplir el deseo de su mujer, pero la rabia no le dejaba. Se arrepentía una y otra vez de haber discutido con Marga aquella tarde, cuando le dijo, que no podría encargarse del limonero porque sus compañeros le esperaban para jugar unas partidas de billar. Aquello enfureció a Marga. Cuando regresó con unas copas de más, los faros de la ranchera iluminaron el lugar donde el limonero erguía sus altas ramas. A sus pies, yacía su esposa muerta con un gran corte en la pierna por el que se había desangrado. A su lado, la motosierra aún permanecía caliente.
         En un último intento por cortar el árbol, John dejó caer al suelo la motosierra. Detrás de ella lo hizo él de rodillas, sintiéndose aliviado por no haberse deshecho del limonero y cumplir con lo prometido a su amada esposa. Alzó la vista dirigiéndola hacia la ventana donde ella solía observarle mientras él trabajaba. Allí, Marga seguía mirándole mientras esperaba su taza humeante de chocolate de todas las tardes, sintiendo en lo más hondo de su ser, la necesidad de abrazarlo. Pero John, ya no podía verla.