LETRAS CON ARTE

Gonzalo Cabello de los Cobos Narváez      Título: Disrupción

         Hacía un año exactamente que no tenía vacaciones. El banco nos pidió que renunciáramos al descanso de Navidad y Semana Santa a cambio de una sustanciosa recompensa. Estaba agotado, pero al fin tenía una semana de verano en la que poder desconectar de los números, el insomnio crónico y la gente, sobre todo de la gente.
         Mientras conducía hacia el sur en mi nuevo BMW una pregunta me rondaba la cabeza, como escondida: ¿cómo había llegado hasta ese punto? Terminé la carrera y comencé a trabajar; después pasaron los días, los meses, los años y seguí trabajando. Y así hasta ese momento; tenía un gran coche, mejor casa que la de mis padres y más dinero literalmente del que podía gastarme…Todo debería ser perfecto.
         Paré a echar gasolina y el calor era tan sofocante que tenía la sensación de que el oxígeno se estaba evaporando. Mientras sufría aquella aberración climatológica me fijé en un joven de mi edad que llenaba el surtidor de al lado mientras su mujer compraba agua fresca para los tres niños que armaban jaleo en el asiento de atrás. Su coche, su ropa y su aire acondicionado eran peores que los míos, pero increíblemente parecía feliz. Yo miraba la escena aterrorizado.
         Me subí al BMW y aceleré para alejarme lo antes posible de aquella macabra estampa. Al fin y al cabo, ellos irían a uno de esos campings horteras donde te duchas junto a otra gente y duermes en una tienda de campaña que huele a pies. Yo, en cambio, me dirigía al mejor sitio de veraneo del país en el que todos los lujos estaban al alcance de mi tarjeta. Eso, por mucho que Walt Disney se empeñara en lo contrario, tenía mucho valor.
         Mientras me acercaba al paraíso pensaba en la suerte que tenía de encontrarme entre los ganadores del mundo, en la cima de la cadena alimenticia. De mis decisiones dependía el capital de millares de personas. ¿Quién era ese tío sudoroso de la gasolinera en comparación conmigo? Un perdedor, seguro. Aquellos pensamientos me tranquilizaron durante un rato.
         Pero sólo fue un rato. Esa noche, durante la cena en la terraza de turno, las personas que me acompañaban hablaban. Ellos emitían sonidos mientras mis pensamientos viajaban muy lejos de su cinismo impostado. Yo estaba en un camping durmiendo en una tienda de campaña junto a mi mujer y mis tres hijos. Era feliz.