LETRAS CON ARTE

Patrocinio Gil Sánchez      Título: Al amor de la lumbre

Aquella niña delgada como un junco y mirada prendida,
de ojos negros brillantes como el carbón mojado,
coletas hasta el río de su espalda en regresos
y en lazos de colores para aguantar los ecos
de todas las sonrisas que salían de sus labios
para y paso y partidos,
que te vende a tres sueños en la noche en porciones
y en aquellos nenúfares que poblaban sus dudas,
escribía sus poemas al amor de la lumbre,
bajo una chimenea de una casa de pueblo
en un viejo cuaderno de color amarillo
que le hacía de diario y a la vez de sorpresa
y guardaba en sus páginas pétalos de mil rosas
porque todo era en él como jaculatoria.
Eran poemas de ausencias y gestos perceptibles,
de una infancia difícil en la lenta posguerra,
de arreglárselas sola con esto y con lo otro
descastando las liendres y limpiando lentejas,
jugando a no morir en las noches tan frías,
el susurro del agua y un padre en los maltratos
que la dejara inútil de la mano derecha
y no le diera nunca un beso al acostarse
ni la contara un cuento.
Poemas que olían a leña y a castañas asadas,
a charcos en las calles sin nombre y sin jardines
regresando a esas formas no del todo imprevistas
y que en los versos llevan un punto de ironía,
de alguna sobriedad no del todo elegante.
Huelen a sacrificio y a garbanzos con berza,
a pan recién cocido y a leche calentita,
al beso que su madre le da cada minuto
en las dulces mejillas empolvadas de arroz
y ella guarda en el cofre con los otros secretos
para cuando sea vieja y no tenga previsto
morirse de antemano.
Si acaso huelen luego a las tardes de lluvia,
al croar de las ranas y el canto de los grillos,
a una vez que soñó que se rompía una pierna
que tenía de cristal y figuras de cuarzo,
y el vecino de enfrente le pintó en la escayola
catorce mariposas y un nenúfar albino
y dejó entre sonrisas un beso entre los labios
que todavía le sabe a miel y a luz primera.
Algunas noches, pocas, escribe paraísos
envueltos en columpios que van hacia arcoiris
de mazapán y estrellas jugando al escondite
con todos los oricios.
Otras, que nunca son lo que eran pero sí están ahí,
por el mero capricho de leer coge un libro de cuentos
y lee dos o tres páginas multiplicando párpados,
allí cuando las brasas esconden amalgamas
y la gata de Angora es un ovillo negro sobre el escaño ardido
que refleja su cara y sus ojos tan verdes,
y todo se parece a lo que es y se muestra.
En la luz de la luna que entra por la ventana,
escribe sin querer de los copos de nieve,
del ayer que es el hoy y también es mañana
en la música suave que baja desde el cerro
y trae notas de alzhéimer de su madre la pobre,
de las briznas de almizcle y chicas con los chicos,
un año atrás que acaba y este otro que comienza;
qué va a pasar después con la luz que en el alba
nos haga ver los árboles y los niños que sufren,
que lo que vas a hacer siempre será juzgado.
No recuerda muy bien cuándo ocurrió la cosa,
sólo que era noviembre y había escarcha en el suelo,
y que se vio parada en una esquina rota
reflejada en la luna de aquel escaparate
que sonaba en el aire sinfonía de tres pájaros
y ella era de repente una mujer madura,
encrespada en la broma de un vestido de harapos
y arrugas como surcos en su frente marchita
y acentos en las sílabas de unos versos no escritos
en un viejo cuaderno cuyas hojas se iban
tras un viento del norte sin caricias ni sonajero alguno
recorriendo las calles con su rostro distinto.
Camina lentamente sin saber si va o viene,
o simplemente sueña que escribe algunos versos
al amor de la lumbre de alguna chimenea
en la casa vacía de un pueblo en la montaña
con seis u ocho vecinos, un gata y un galgo,
que la viera nacer un ocho de noviembre
bajo la dulce sombra de la higuera del huerto
casi lleno de ortigas.
Va y viene para cavar la tumba con sus manos de niña,
para encontrar las letras en un mapa de una noche de invierno,
que la concedan sin juzgar los honores
para evitar morirse de tristeza…