LETRAS CON ARTE

José María Jiménez Herrera (España)      Título: Tiempos de perros


De perros le llaman al tiempo lluvioso,
ventoso, tronante, con rayos certeros
que asolan las mieses con fuego del cielo,
inundando prados, dehesas y esteros.
De perros le llaman, pues cuando acontece
en meses de fríos: diciembres y eneros,
las yerbas heladas junto a los caminos
estorban los pasos que dan los viajeros,
que se mueven raudos con climas benignos
y se ven pausados en tiempos severos.
Caminan por medio de caminos largos
los hatos de rucios que llevan arrieros,
encontrando a veces en su trajinar,
buscando lugares, lujos verdaderos.
Usan las calzadas antiguas, romanas
y las de la Mesta, rancios ganaderos,
con mil baratijas que venden y cambian
los ya tan extraños y raros buhoneros,
viéndose calmadas sus ansias de oficio
de vender a todos, patronos y obreros
las gangas que llevan como mercachifles:
pantalones, cubos, lámparas, maderos.
Ambientes mejores hacen de la vida
que les sea más fácil. Andan los senderos
llenos de esperanzas, de ilusiones vivas,
y no los dominan como prisioneros
por monotonía de sus pocos cambios
los climas escuetos, frugales, austeros.
Cielos empañados, llenos de fragancias
que lanzan al éter juncias y romeros.
Cielos despejados, cargados de brisas
esperando alertas, quizás traicioneros,
las lluvias intensas y los vientos recios
infieles a trueques, forjados de aceros.
Pero que realzan con fuerza de espanto
que no necesitan de otros compañeros.
En su melancólica, feliz agonía
de acábase invierno, vienen los primeros
brotes verdes, lujos de plantas tan bellas
que llagan los ojos con luz de luceros.
El tiempo de perros acaba acabando
cuando llegan días de buenos agüeros.
Días de primaveras de soles descalzos
aunque se dan fases de fríos tan fieros
que están aún las casas sin calor, que tienen
que usar a la fuerza mantas y braseros
los hombres que viven en medio del campo
en aldeas, villas y en pueblos enteros.
Y el tiempo de perros aquel del invierno
se queda tranquilo, sin cambios groseros,
cuando por fin llega en junio el verano,
saliendo a la calle los titiriteros.
Un tiempo de perros las fuertes calores,
tiempo de Lorenzo, tiempo de sombreros
de paja o de tela, cubriendo cabezas
de siervos humildes y de caballeros,
que a todos les quema el sol del estío,
como si en el cielo hubiera agujeros
pasando por ellos el fuego divino,
quemando los pelos, las uñas, los cueros,
no quedando nadie sin color de bronce
como vagabundos pobres, lastimeros,
que buscan la sombra debajo de un árbol,
recordando algunos los tiempos postreros
cuando sí podían ir ataviados
con lazos de raso, flores en floreros,
llevados por carros de doce caballos
conduciendo arriba hermosos cocheros.
Se les fue la olla, el juicio, los sesos
cuando caminando van los compañeros
que viven al raso los calores plenos
que son tan ingratos y tan embusteros.

Son tiempos de perros verano e invierno.
Mas yo por los perros, leales, sinceros,
diría que sus tiempos, los tiempos de perros
son los de bonanza, suaves, ligeros.